Autor: Patricia del Río (Fuente peru21 Viernes 08/01/10)
Hablemos del clima. Desde hace semanas, en Lima, lo que debiera ser un sol radiante se ha convertido en una sensación de calor pegajosa, que viene acompañada de lluvias y un cielo gris. En la capital china, Pekín, hace un frío que no se sentía hace 40 años. En Estados Unidos y en Canadá tienen la nieve hasta las orejas. En el norte de India han muerto decenas de personas tiritando. Y, en Europa, la gente batalla simplemente para volver a casa entre ráfagas de hielo y granizo. Está claro que algo anda bastante mal, y no hay que ser adivino para darse cuenta de que muchos de estos fenómenos están asociados a las consecuencias del cambio climático.
Hace escasas semanas, sin embargo, en lo que fue uno de los espectáculos más lamentables que haya ofrecido la falta de sentido común de la raza humana, las principales autoridades del mundo fueron incapaces de ponerse de acuerdo en estrategias reales y efectivas que permitieran reducir la emisión de gases de carbono sobre nuestra atmósfera y, así, garantizar un futuro viable para nuestros hijos.
Personalidades como el democrático Obama o el contaminante Hu Jintao de China estuvieron más preocupados por defender sus intereses, antes que buscar acuerdos. Lo triste es que no solo los jóvenes ecologistas que presionaban en Copenhague estaban esperando que se plantearan soluciones. De acuerdo con múltiples encuestas, entre ellas una realizada por el Banco Mundial en 15 países distintos, los ciudadanos de todo el mundo estaban a favor de medidas concretas, e incluso la mayoría (estamos hablando de porcentajes sobre el 80 por ciento), estaban dispuestos a pagar de su bolsillo para hacer posible estas reformas.
¿Qué pasó entonces? Creo que el mundo ha asistido a una de las evidencias más grandes de que la democracia representativa puede convertirse en un instrumento perverso cuando es capturada por individuos que defienden intereses particulares y le dan la espalda al bien común. El sistema económico mundial, liderado por grandes corporaciones que no están dispuestas a ganar un dólar menos, ha conseguido imponer su voluntad sobre lo que millones de personas quieren para sus vidas. El mundo se cae a pedazos, la nieve y la lluvia sepultan poblaciones enteras, pero miles de fábricas y de industrias siguen contaminando, simplemente, porque a algunos poderosos y a sus solícitos presidentes no les parece tan grave.
Tal vez, la desgracia de Copenhague debería servirnos de reflexión ahora que falta tan poco para el próximo proceso electoral. ¿Estamos preparados los peruanos para elegir gobernantes preocupados por el bien de todos o vamos a hacernos de otorongos preocupados por su bolsillo, sus pies y sus viajecitos? ¿Vamos a elegir a un presidente que defienda los intereses de las grandes mayorías o nos contentaremos con ser gobernados por hijitas preocupadas por sacar a papi de la cárcel?
Hace escasas semanas, sin embargo, en lo que fue uno de los espectáculos más lamentables que haya ofrecido la falta de sentido común de la raza humana, las principales autoridades del mundo fueron incapaces de ponerse de acuerdo en estrategias reales y efectivas que permitieran reducir la emisión de gases de carbono sobre nuestra atmósfera y, así, garantizar un futuro viable para nuestros hijos.
Personalidades como el democrático Obama o el contaminante Hu Jintao de China estuvieron más preocupados por defender sus intereses, antes que buscar acuerdos. Lo triste es que no solo los jóvenes ecologistas que presionaban en Copenhague estaban esperando que se plantearan soluciones. De acuerdo con múltiples encuestas, entre ellas una realizada por el Banco Mundial en 15 países distintos, los ciudadanos de todo el mundo estaban a favor de medidas concretas, e incluso la mayoría (estamos hablando de porcentajes sobre el 80 por ciento), estaban dispuestos a pagar de su bolsillo para hacer posible estas reformas.
¿Qué pasó entonces? Creo que el mundo ha asistido a una de las evidencias más grandes de que la democracia representativa puede convertirse en un instrumento perverso cuando es capturada por individuos que defienden intereses particulares y le dan la espalda al bien común. El sistema económico mundial, liderado por grandes corporaciones que no están dispuestas a ganar un dólar menos, ha conseguido imponer su voluntad sobre lo que millones de personas quieren para sus vidas. El mundo se cae a pedazos, la nieve y la lluvia sepultan poblaciones enteras, pero miles de fábricas y de industrias siguen contaminando, simplemente, porque a algunos poderosos y a sus solícitos presidentes no les parece tan grave.
Tal vez, la desgracia de Copenhague debería servirnos de reflexión ahora que falta tan poco para el próximo proceso electoral. ¿Estamos preparados los peruanos para elegir gobernantes preocupados por el bien de todos o vamos a hacernos de otorongos preocupados por su bolsillo, sus pies y sus viajecitos? ¿Vamos a elegir a un presidente que defienda los intereses de las grandes mayorías o nos contentaremos con ser gobernados por hijitas preocupadas por sacar a papi de la cárcel?
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